Un repartidor necesita casi 150 entregas al mes para no ser pobre y más de 450 para sostener un hogar
El ingreso generado a través de las aplicaciones apenas alcanza para cubrir las necesidades básicas de una persona y exige un esfuerzo mucho mayor cuando se trata de una familia de cuatro integrantes.
Un repartidor en Buenos Aires necesita completar casi 150 entregas al mes solo para no caer por debajo de la línea de pobreza. Si quiere sostener un hogar de cuatro personas, la cuenta supera las 450 entregas mensuales. Estos números, que surgen de un análisis cruzado entre tarifas actuales de las apps y los valores de la canasta básica del INDEC, revelan la precariedad estructural que sostiene el modelo de delivery por aplicación.
Según datos relevados en julio de 2026, un trabajador que opera principalmente con PedidosYa, Rappi y Uber Eats percibe en promedio entre $1.200 y $1.800 por entrega completada, dependiendo del horario, la distancia y si incluye propina. Para superar la línea de pobreza individual (alrededor de $180.000 mensuales netos), debe realizar unas 140 entregas mensuales, es decir, entre 5 y 6 por día hábil sin parar. Cuando se trata de mantener una familia tipo, la cifra se dispara a más de 450 entregas, lo que equivale a casi 20 viajes diarios, siete días a la semana.
"Es imposible sostenerlo sin quemarse", cuenta Lucas, repartidor de 34 años que hace tres que trabaja full time en CABA. "Arranco a las 11 y termino a las 23. Los fines de semana son peores porque hay más pedidos pero también más competencia y bloqueos por saturación". Su historia no es excepción: según un relevamiento informal de agrupaciones de delivery, más del 70% de los trabajadores activos superan las 10 horas diarias.
El modelo de las plataformas se basa en una ecuación que externaliza todos los costos al repartidor: combustible, mantenimiento de la moto o bicicleta, seguro, teléfono y hasta el tiempo de espera entre pedidos. Las comisiones de las apps oscilan entre el 20% y el 35% según el restaurante, pero ese descuento lo paga el local, no el delivery. El repartidor, en cambio, depende casi exclusivamente de la tarifa base más propina.
En los últimos 18 meses, las tarifas reales por kilómetro bajaron un 12% en términos reales si se ajusta por inflación, mientras que los precios de nafta, cubiertas y repuestos subieron por encima del 60%. El resultado es que cada vez hay que pedalear o acelerar más para llegar a fin de mes. Muchas familias ya optaron por la estrategia de "doble app": un miembro hace delivery mientras el otro cuida a los chicos, pero aun así el desgaste físico y mental es altísimo.
Desde el sector, las cámaras que agrupan a las plataformas argumentan que se trata de trabajo flexible y que miles de personas encontraron en las apps una forma de ingreso rápido. Sin embargo, cuando se analiza el dato crudo, la flexibilidad se convierte en una trampa: sin aportes jubilatorios, sin obra social de calidad y sin indemnización por despido (porque formalmente no son empleados), el repartidor queda expuesto a cualquier accidente o baja de demanda.
En la Ciudad de Buenos Aires y el conurbano, donde se concentra la mayor parte de los pedidos, el fenómeno también impacta en la salud pública. Múltiples estudios de universidades nacionales registraron un aumento de accidentes de tránsito vinculados a deliverys que corren contra el reloj para sumar puntos y evitar bloqueos de las aplicaciones.
Mientras el Gobierno nacional discute una posible regulación del trabajo de plataformas —con fuerte lobby de las empresas tecnológicas—, los repartidores siguen sumando kilómetros. Algunos intentan salir del circuito mediante cooperativas de delivery propio o nichos premium (delivery de farmacia o pedidos corporativos), pero son minoría. La mayoría sigue atada al algoritmo que decide quién recibe el próximo pedido.
El detalle que pocos ven es que este modelo no solo precariza al repartidor: también devalúa el servicio. Cuando el delivery se convierte en un trabajo de supervivencia, la calidad de la entrega, la amabilidad y hasta la seguridad vial terminan siendo variables de segundo orden. Al final, el consumidor paga un precio bajo por un delivery que esconde un costo humano altísimo.