¿Qué se esconde detrás de la Hidrovía? (III)
Tercera entrega de la serie que revela los orígenes del contrabando fluvial en la frontera norte. Cómo en 1975 una comisión oficial descubrió una matriz organizada de tráfico ilegal de soja, cereales, alimentos y medicinas hacia Paraguay y Brasil.
Hacia fines de 1975, el país se encontraba en medio de una de las crisis económicas más profundas de su historia. El programa impulsado por los ministros José López Rega, Celestino Rodrigo y Ricardo Zinn —futuro asesor de Martínez de Hoz— aceleró el quiebre del aparato productivo, clausuró el paradigma de sustitución de importaciones y puso fin al modelo de bienestar social de aquellas décadas.
En ese contexto de desabastecimiento, inflación descontrolada y intereses antagónicos, los sectores agroexportadores dominantes recurrieron a maniobras delictivas. El contrabando de cereales se convirtió en práctica extendida y se conformó un amplio mercado negro que afectó directamente al pueblo trabajador, limitando su acceso a productos básicos.
Tanto la última cosecha de soja —entonces considerada un cultivo marginal— como cantidades significativas de alimentos y medicinas fueron objeto de alijo con destino a Paraguay y Brasil. La situación, lejos de ser novedosa, revelaba la existencia de rutas consolidadas de tráfico ilegal.
Ante la magnitud del problema, se conformó una “comisión de ilícitos de importación y exportación” con el mandato de investigar in situ. El foco se centró en una línea imaginaria que atravesaba las ciudades de Formosa, Puerto Pilcomayo y Clorinda, zona clave de la futura Hidrovía Paraguay-Paraná.
Quienes integramos aquella comisión pudimos constatar sobre el terreno los mecanismos activos de una eficiente matriz diseñada para el traslado ilegal de mercancías. Operaba tanto por vía fluvial como por tierra firme, con ramificaciones hacia los países limítrofes.
Aquellos hallazgos de hace más de cinco décadas muestran cómo la Hidrovía, mucho antes de convertirse en el corredor logístico estratégico que es hoy, ya funcionaba como una arteria privilegiada para el flujo ilegal de bienes. El río no solo transportaba producción legítima: era también la ruta elegida para evadir controles, maximizar ganancias y eludir al Estado.
El contrabando fluvial no era un hecho aislado ni producto de la improvisación. Formaba parte de una estructura organizada que involucraba productores, exportadores, transportistas y redes locales. La soja, los cereales, los alimentos y los medicamentos salían del país sin pasar por aduanas, generando pérdidas fiscales y desabastecimiento interno.
Esta tercera entrega de la serie confirma que los problemas asociados a la Hidrovía no son recientes. Tienen raíces profundas en la historia económica argentina y en la recurrente tensión entre el modelo neoliberal y las necesidades de la población.
Entender ese pasado resulta clave para analizar el presente y el futuro de uno de los corredores fluviales más importantes de Sudamérica. Porque lo que se esconde detrás de la Hidrovía no es solo agua y barcos: son también intereses, poder y una larga tradición de ilegalidad que sigue condicionando la soberanía sobre nuestros ríos.