Qué productos dejaron de comprar los argentinos en 2026 y por qué
Las ventas en supermercados cayeron por quinto mes consecutivo. Bebidas, lácteos y artículos de consumo diario lideran los retrocesos. Qué está pasando con el bolsillo y los hábitos de los argentinos.
Las ventas en supermercados volvieron a caer en mayo de 2026 y acumularon su quinta baja interanual consecutiva. Según los datos del INDEC y relevamientos privados, el consumo masivo sigue bajo presión. Los mayores retrocesos se registraron en bebidas, lácteos, fiambres y algunos productos de almacén básicos.
En criollo: la gente está comprando menos de lo que compraba el año pasado, y no es porque de repente todos decidimos comer más sano. El factor principal es, una vez más, el poder adquisitivo.
Los rubros que más sufrieron
Las bebidas sin alcohol cayeron alrededor del 9% interanual. Las gaseosas y jugos listos para consumir fueron los más afectados. Los lácteos no se quedaron atrás: leche, yogures y postres registraron bajas de entre 6% y 8%. Los fiambres y embutidos también mostraron una contracción clara.
En cambio, algunos productos básicos como arroz, fideos secos y aceite mostraron mayor resistencia, aunque también con caídas más leves. Lo que se ve es una migración hacia opciones más baratas o hacia la reducción directa de volumen.
Por qué está pasando esto
El salario real todavía no se recuperó del todo del golpe inflacionario de los últimos años. Aunque la inflación bajó, los precios de los alimentos no acompañaron al mismo ritmo. Una familia tipo porteña hoy destina más del 35% de sus ingresos solo a comida, según estimaciones de consultoras.
Además, el consumo se está “canibalizando”: se prioriza lo esencial y se recorta todo lo que se percibe como prescindible. Una lata de cerveza o un yogur de postre pasan a ser un lujo que se posterga.
Otro factor es el cambio de hábitos. Muchas familias volvieron a cocinar más desde cero y a comprar ingredientes básicos en lugar de productos elaborados. También creció la compra en mayoristas, ferias y directamente del productor, buscando precios más bajos.
El impacto en la relación con la comida
Como periodista que cubre nutrición, no puedo dejar de ver el lado sanitario de esta ecuación. Cuando el presupuesto aprieta, muchas veces lo primero que se recorta son las frutas, verduras y lácteos. Paradójicamente, en un contexto de inflación alta, los alimentos más nutritivos suelen ser los que más suben de precio relativo.
Esto genera un círculo complicado: se come más harina, más azúcar y más ultraprocesado barato porque rinde más en cantidad. No es una decisión de salud, es una decisión de supervivencia económica.
Los datos de organizaciones como la UCA vienen mostrando hace tiempo el aumento de la inseguridad alimentaria. No se trata solo de “no llegar a fin de mes”, sino de no llegar a cubrir las necesidades nutricionales básicas.
¿Hay alguna luz al final del túnel?
Algunos analistas estiman que si la inflación sigue controlada y los salarios empiezan a recuperar terreno en los próximos meses, el consumo podría estabilizarse hacia fin de año. Pero por ahora, la tendencia es clara: los argentinos estamos comprando menos volumen y buscando constantemente la opción más económica.
En la práctica, esto se traduce en changuitos más chicos, listas de supermercado más cortas y muchas familias improvisando recetas con lo que hay en la alacena.
La realidad es más dura de lo que nos gustaría admitir: cuando el bolsillo aprieta fuerte, la nutrición equilibrada se vuelve un privilegio. Y eso no se resuelve solo con consejos de “comer más sano”. Se resuelve con políticas que mejoren el ingreso real de la gente.
Mientras tanto, la estrategia más usada es la de siempre: estirar lo que se tiene, reemplazar productos caros por alternativas más accesibles y, cuando se puede, volver a la olla y la cocina de toda la vida.