Morosidad: por qué pega más fuerte en el norte argentino y entre los jóvenes
5,8 millones de argentinos acumulan deudas con más de 90 días de atraso. La morosidad es mayor en el norte del país y entre los más jóvenes. Especialistas explican los factores económicos, culturales y de acceso al crédito que alimentan el problema.
Según datos actualizados al segundo trimestre de 2026, 5,8 millones de personas en la Argentina presentan atrasos de más de 90 días en el pago de sus obligaciones financieras. La cifra, que representa casi el 20% de la población adulta, no es uniforme: la morosidad golpea con mayor intensidad en las provincias del norte y entre los jóvenes de hasta 35 años.
Especialistas consultados por Ámbito en Salta, Jujuy y Tucumán coinciden en que el fenómeno no se explica solo por la crisis económica general. Hay factores estructurales, culturales y de comportamiento que amplifican el problema en esas regiones y franjas etarias.
El norte, la región con mayor incumplimiento
En el NOA y el NEA los índices de morosidad superan en entre 8 y 12 puntos porcentuales el promedio nacional. ¿Por qué? En primer lugar, la mayor informalidad laboral. Mientras que en CABA y Patagonia la relación entre empleo registrado y no registrado es más equilibrada, en el norte más de la mitad de los trabajadores no cuentan con aportes ni estabilidad.
Esto genera ingresos irregulares que dificultan el cumplimiento de cuotas fijas. “Cuando cobrás en negro o por changas, un mes podés pagar el crédito y al siguiente no. El sistema financiero no está diseñado para esa realidad”, explica la licenciada en Economía Mariana López, de la Universidad Nacional de Salta.
Además, el menor acceso a productos financieros formales empuja a muchas familias a recurrir a prestamistas informales o a tarjetas de crédito con tasas altísimas. Cuando llega la primera dificultad (un aumento de precios, una enfermedad, la pérdida de una changa), el endeudamiento se vuelve insostenible.
Los jóvenes, más expuestos y menos preparados
El segundo gran foco de morosidad está entre los menores de 35 años. Esta generación entró al mundo financiero en un contexto de inflación crónica, devaluaciones recurrentes y salarios que perdieron poder adquisitivo de forma sostenida.
“Muchos jóvenes acceden a su primer crédito o tarjeta sin haber recibido ninguna educación financiera formal. Saben cómo usar Mercado Pago o una billetera virtual, pero no entienden cómo se calcula un interés compuesto ni qué significa estar en el Veraz”, señala el psicólogo económico Juan Pablo Ríos, que trabaja en centros de atención al deudor en Tucumán.
A esto se suma el cambio cultural: para los millennials y la Generación Z, consumir y “vivir el presente” pesa más que el ahorro. Las redes sociales refuerzan esa presión: viajes, salidas, tecnología y ropa se convierten en necesidades que se financian con cuotas. Cuando el ingreso no alcanza, la mora aparece como consecuencia casi natural.
Factores emocionales y de comportamiento
Los especialistas destacan que la morosidad no es solo un problema de números. Hay una fuerte componente emocional. Muchos jóvenes del norte viven con la sensación de que “el sistema está en contra”, lo que reduce la motivación para cumplir con obligaciones percibidas como injustas.
Además, en zonas con alta desocupación juvenil, el crédito se usa como un paliativo para cubrir necesidades básicas. Cuando no se puede pagar, surge la culpa, la evasión y, finalmente, el default.
“El deudor no es un irresponsable por deporte. En la mayoría de los casos es alguien que tomó una decisión con información incompleta y en un contexto de altísima vulnerabilidad económica”, resume López.
¿Qué se puede hacer?
Los expertos consultados coinciden en tres líneas de acción concretas:
- Fortalecer la educación financiera desde la escuela secundaria, especialmente en el norte del país.
- Diseñar productos crediticios más flexibles que se ajusten a ingresos irregulares (cuotas variables, períodos de gracia automáticos, tasas diferenciadas por región).
- Mejorar el acompañamiento a deudores en situación de vulnerabilidad para evitar que caigan en espirales de informalidad o prestamistas usureros.
Mientras la economía no muestre una recuperación sostenida que mejore los ingresos reales, la morosidad seguirá siendo un problema estructural. Pero entender que no se trata solo de “gente que no paga”, sino de un combo de informalidad, falta de educación financiera y presiones culturales, es el primer paso para empezar a resolverlo.