Economía

La recuperación no llega a los barrios: menos comida y más deudas para llegar a fin de mes

En los sectores populares la variable de ajuste sigue siendo la mesa familiar. Familias reducen porciones, saltean comidas y priorizan pagar deudas ante una recuperación económica que aún no se siente en los barrios.

Publicado el 3 de julio de 2026, 16:00 hs

Mujer en barrio popular separando poca comida en platos pequeños sobre mesa humilde
Ámbito — Economía

La tan anunciada recuperación económica sigue sin tocar tierra en los barrios populares de la Argentina. Según los datos que vienen relevando organizaciones sociales y comedores comunitarios, la variable de ajuste en los hogares más vulnerables continúa siendo la comida: se achican las porciones, se eliminan meriendas o se saltean directamente alguna comida para poder pagar deudas que se acumulan.

En criollo: la gente está comiendo menos para llegar a fin de mes. No es una estrategia voluntaria de “bajar de peso” ni una dieta de moda. Es una restricción involuntaria que ya se viene registrando hace varios meses y que no muestra signos de revertirse a pesar de las señales macro que, según el Gobierno, indican una leve mejoría.

La comida como variable de ajuste

Organizaciones que trabajan en barrios del conurbano bonaerense y del interior del país coinciden en el mismo diagnóstico: las familias están priorizando el pago de deudas (luz, gas, alquiler, cuotas) por encima de mantener la cantidad de comida habitual. El resultado es que muchos hogares pasaron de comer tres veces al día a dos, o directamente redujeron el tamaño de las porciones de manera sistemática.

Esto no es un dato aislado. En los últimos relevamientos de comedores y merenderos se nota que aumentó la demanda de viandas para llevar a casa, precisamente porque lo que se sirve en el comedor muchas veces es la comida principal —o la única— del día para varios miembros de la familia.

Deuda antes que hambre (visible)

Paradójicamente, muchas familias eligen achicar la olla antes que quedar morosas con servicios o alquileres. El miedo a los cortes de luz, a perder el gas o a que les retengan parte del sueldo por deudas explica en buena medida esta prioridad. El resultado es una alimentación más monótona, con menos proteína animal y menos volumen total de comida.

Desde el punto de vista nutricional, esto genera un círculo vicioso. Menos calorías y menos nutrientes afectan la energía diaria, la capacidad de concentración de los chicos en la escuela y, a mediano plazo, la salud general. Pero en el corto plazo, la urgencia financiera manda.

¿Qué dice la evidencia?

Los números oficiales del INDEC sobre pobreza e indigencia todavía no reflejan completamente este fenómeno porque miden ingresos versus canasta básica. Sin embargo, las encuestas rápidas de organizaciones de la sociedad civil vienen marcando desde hace meses esta tendencia: la canasta alimentaria se cumple cada vez con más esfuerzo y con más recortes.

No es que la gente dejó de comprar comida. Es que compra menos, elige cortes más baratos, reemplaza carne por huevo o pollo cuando puede, y estira al máximo los paquetes de arroz, fideos y polenta. Los verduleros de los barrios también reportan que la compra de frutas y verduras frescas bajó sensiblemente.

El rol de los comedores y merenderos

En este contexto, los comedores comunitarios se convirtieron en un colchón fundamental. Muchos duplicaron o triplicaron la cantidad de raciones diarias. Pero incluso ellos empiezan a sentir la presión: el precio de los alimentos sigue alto y las donaciones no siempre alcanzan.

Lo que más preocupa a las nutricionistas que asesoran estos espacios es el impacto a largo plazo en los niños y adolescentes. La restricción crónica de nutrientes en edades de crecimiento deja huella en el desarrollo cognitivo y en el sistema inmune.

No alcanza con “la macro está mejor”

Desde el Gobierno insisten en que los indicadores macroeconómicos muestran una estabilización y que la inflación viene bajando. Es cierto que la inflación mensual ya no es de dos dígitos, pero para una familia que cobra un salario mínimo o está en programas sociales, esa baja todavía no se traduce en poder adquisitivo real para llenar la heladera.

El precio de los alimentos, especialmente los frescos, no bajó al mismo ritmo que otros rubros. Y los aumentos previos ya dejaron una herida profunda en los hábitos alimentarios de los sectores más postergados.

Qué podemos hacer como sociedad

Mientras la recuperación “gotea” hacia abajo, la respuesta más inmediata sigue estando en la solidaridad organizada: donaciones a comedores, apoyo a huertas comunitarias, campañas de recolección de alimentos no perecederos y, sobre todo, visibilizar que el ajuste no puede seguir recayendo sobre los platos de los que menos tienen.

Porque comer menos no es un dato económico más. Es un problema de desarrollo humano que tarde o temprano se paga caro como sociedad.

La realidad es más aburrida y más dura de lo que muestran los titulares optimistas: en muchos barrios populares de la Argentina, la “recuperación” todavía se mide en porciones de comida que desaparecieron del plato.

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