Inflación desacelera pero los combustibles encienden alarmas en la City
Mientras el IPC muestra signos claros de desaceleración, analistas advierten que el precio de las naftas y el gasoil podría convertirse en el próximo factor de presión. El Gobierno enfrenta un dilema: compensar a las petroleras o priorizar la baja de la inflación.
La inflación en Argentina muestra una tendencia clara a la desaceleración. Tras los picos de los últimos meses, los datos del IPC vienen bajando de manera consistente y el mercado ya empieza a hablar de un posible 2% mensual en los próximos trimestres. Sin embargo, en la City porteña se encendieron las alarmas por un factor que podría complicar este camino: el precio de los combustibles.
El petróleo Brent y el WTI volvieron a niveles previos a la invasión rusa de Ucrania. En criollo, el crudo ya no está en los precios de guerra que vimos en 2022. Esto genera una pregunta concreta: ¿el Gobierno va a trasladar esa baja al surtidor o va a seguir sosteniendo los precios locales para compensar a las empresas energéticas?
El dilema del Gobierno
Desde el Ministerio de Economía saben que cada aumento en las naftas y el gasoil tiene un impacto directo en el IPC. El transporte de cargas, los colectivos, los taxis y hasta el delivery terminan reflejando esos costos en los precios finales de bienes y servicios. Por eso, la decisión no es menor.
Fuentes del sector energético consultadas por El Insignia explican que las petroleras vienen reclamando una actualización. Argumentan que, si bien el petróleo bajó, los costos internos (inflación, tipo de cambio, impuestos) siguen presionando. Si no se compensa de alguna forma, las inversiones en Vaca Muerta podrían resentirse.
"El precio internacional bajó, pero la brecha con el precio local se está cerrando por el otro lado", resume un analista de un banco extranjero que sigue el tema de cerca. En otras palabras: el crudo cayó, pero si el peso se devalúa o la inflación interna sigue alta, el precio en pesos del combustible no necesariamente baja.
Qué dice la City
Los economistas más escuchados en el mercado coinciden en que el Gobierno tiene margen para postergar un ajuste fuerte en los combustibles. La desaceleración inflacionaria es el principal ancla del programa económico y nadie quiere romperla ahora.
Sin embargo, advierten que postergar demasiado el ajuste genera dos problemas: por un lado, las empresas acumulan pérdidas o reducen inversión; por el otro, cuando finalmente se libera el precio, el salto puede ser más brusco y volver a alimentar la inflación.
"Es el clásico trade-off argentino: inflación vs. actividad. Hoy parece que se está priorizando la primera, pero no se puede sostener eternamente", explica un informe reciente de un estudio privado.
El contexto internacional ayuda… pero no alcanza
La buena noticia es que el precio global del petróleo se mantiene en un rango cómodo, lejos de los 120 dólares por barril que vimos en 2022. Esto da al Gobierno un colchón para negociar con las petroleras sin que el impacto en los surtidores sea tan dramático.
El problema es que en la Argentina los precios de los combustibles nunca dependen solo del petróleo. Hay un cóctel de impuestos, costos logísticos, tipo de cambio y rentabilidad de las refinadoras que complica cualquier ajuste lineal.
Qué se espera en los próximos meses
Por ahora, el consenso en la City es que el Gobierno intentará patear el problema lo más posible. La prioridad es seguir bajando la inflación mensual y llegar a fin de año con números que permitan pensar en una estabilización más profunda.
Sin embargo, varios analistas advierten que entre marzo y abril podría haber un ajuste moderado en los combustibles. No un shock, pero sí un aumento por encima de la inflación para empezar a cerrar la brecha.
"Si la inflación sigue bajando, un aumento del 5 o 6% en las naftas no sería tan traumático", calcula un economista que asesora a varios fondos. "El tema es si se hace de una vez o se escalona".
La mirada desde la nutrición y el bolsillo
Aunque parezca lejano, el precio de los combustibles termina impactando en lo que comemos todos los días. El traslado de mercadería, los costos de producción de alimentos y hasta el precio de los envases tienen un componente logístico importante. Por eso, desde la mirada de la alimentación, una suba descontrolada de naftas no solo afecta el IPC: afecta directamente el precio de la comida en la góndola.
En un contexto donde muchas familias ya están ajustando el carrito de compras, cualquier presión adicional en los precios de los básicos termina siendo un problema de primera magnitud.
La realidad es más aburrida: no hay soluciones mágicas. El Gobierno debe equilibrar la necesidad de inversión energética con la estabilidad de precios que necesita la economía para seguir recuperando confianza. Por ahora, parece que la prioridad es la inflación. Pero en la City ya están contando los días hasta que ese equilibrio se ponga a prueba.