Economía

¿Es $1500 la nueva barrera cambiaria?

El Gobierno y el BCRA mostraron en julio y agosto su disposición a defender el tipo de cambio mayorista cerca de los $1500, sacrificando tasas de interés y liquidez. Pero el deterioro político y la necesidad de reactivar el consumo ponen en duda si esa barrera es sostenible.

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¿Es $1500 la nueva barrera cambiaria?
La Nación — Economía

A fines de julio el mercado recibió una señal clara: el Tesoro estaba dispuesto a vender dólares para evitar que el tipo de cambio mayorista perforara la barrera de los $1500. Ese día vendió US$145 millones. Coincidía con un vencimiento importante de bonos dollar-linked y con un peso que ya había perdido cerca del 5% en junio.

El mensaje fue reforzado en varias direcciones. En la licitación de deuda local se colocó el 145% de los vencimientos, secando pesos y empujando las tasas al alza. La TAMAR para depósitos grandes saltó de 22% a 23,3%. Al mismo tiempo, el Gobierno aumentó fuertemente la oferta de bonos dollar-linked y duales: pasaron de representar el 4,1% del total emitido en mayo al 47% en julio. En criollo, ofreció cobertura cambiaria a quien la quisiera.

En agosto la tendencia se mantuvo. El Banco Central redujo drásticamente sus compras de dólares: hasta el 13 de agosto llevaba apenas US$249 millones, contra un promedio mensual superior a los US$2200 millones en los meses anteriores. La sequía de granos explica parte, pero no todo.

Un artículo de Agustina Parise publicado en LA NACION el 1 de agosto sintetizó el sentimiento del mercado: el dólar mayorista parecía tener un techo de $1500. Las acciones posteriores del Gobierno y del BCRA no hicieron más que reforzar esa percepción.

Sin embargo, el contexto político empieza a complicar esa estrategia. Las encuestas de julio mostraron una caída de la popularidad de Javier Milei, con un leve repunte en agosto según la ESPOP de la Universidad de San Andrés. Más preocupante aún es el derrumbe de las “expectativas futuras” en el índice de confianza del consumidor de la Di Tella, que bajó de 58,5 en febrero de 2025 a 47,1 en la última medición. La inflación ya no es la principal preocupación de la gente: ahora son el empleo y los bajos salarios.

La oposición tomó nota. Sergio Massa, Axel Kicillof, Máximo Kirchner y varios gobernadores peronistas empezaron a coordinar una estrategia común, incluso amenazando con competir en distritos donde los gobernadores pacten con el oficialismo. Al mismo tiempo, surgieron candidaturas que antes parecían dormidas: Daniel Hadad, Hernán Lacunza, Jorge Brito. La política despertó porque la elección del año que viene se ve cada vez más abierta.

Los mercados también reaccionaron. El riesgo país subió de 400 a 472 puntos básicos mientras el resto de la región bajaba. El Merval (medido al CCL) cayó 13% desde su pico de mediados de julio. Los bonos en pesos acompañaron la suba de tasas.

Frente a este escenario, el Gobierno lanzó un paquete de medidas para intentar reactivar la economía. Relajó las restricciones para que los bancos presten en dólares (hasta el 15% de sus depósitos, con salvaguardas prudenciales), lo que podría liberar cerca de US$6000 millones de crédito. También avanzó en la idea de que el Fondo de Garantía de Sustentabilidad de ANSES pueda depositar a largo plazo en bancos para impulsar el crédito hipotecario.

Pero eso no alcanza. El crédito al consumo, el que realmente mueve la aguja del gasto interno, se hace en pesos. Y para que vuelva a crecer se necesitan tasas más bajas. Es decir, el Gobierno necesita aumentar la liquidez: sea dejando de renovar toda la deuda que vence, comprando bonos en el mercado secundario o acelerando nuevamente las compras de dólares.

Acá es donde se complica la ecuación. Más liquidez, tasas más bajas y menor oferta estacional de dólares en los próximos meses harán muy difícil mantener el tipo de cambio clavado en $1500. Una gran devaluación tampoco parece una opción: la desinflación sigue siendo la prioridad del Presidente.

Lo más probable es que se opte por una depreciación gradual y administrada. Todavía queda mucha cosecha por liquidar, las exportaciones de energía siguen creciendo, y la demanda de dólares por parte de individuos se mantendrá contenida hasta más cerca de las elecciones. Además, el BCRA cuenta con herramientas (ventas de bonos dollar-linked, manejo de las compras diarias) para ir dosificando el movimiento del tipo de cambio.

La buena noticia es que una depreciación moderada no parece amenazar el proceso desinflacionario. Tras el 2,1% de julio, impulsado por precios estacionales, se espera que la inflación vuelva a bajar por debajo del 2% mensual en agosto. Sorprendentemente, después del salto cambiario de junio la inflación de bienes no se aceleró: fue 1,4% en junio y 1,6% en julio, muy por debajo del 2,5% promedio de los seis meses previos. No se vio pass-through.

En este contexto, es razonable esperar que el salario real se estabilice o incluso crezca levemente. Combinado con algo más de crédito, podría permitir una reactivación marginal del consumo. No será el “pedo de buzo” que alguna vez reclamó Milei, pero quizás alcance para que el Gobierno mantenga el barco a flote hasta fin de año.

La pregunta de si $1500 se convirtió en la nueva barrera cambiaria tiene, por ahora, respuesta afirmativa. Pero los datos políticos y la necesidad de reactivar la economía real sugieren que esa barrera puede empezar a moverse, aunque sea de a poco y sin grandes saltos. La realidad, como casi siempre en la economía argentina, es más compleja y menos lineal de lo que parece.

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