A diez años del Brexit: la economía británica profundiza sus problemas estructurales
A una década del referéndum que cambió la historia del Reino Unido, la inflación persistente, la pérdida de terreno en los servicios financieros y un crecimiento anémico muestran que los costos de salir de la Unión Europea fueron mayores a lo prometido.
Diez años después del referéndum de 2016, el balance económico del Brexit es claro: el Reino Unido profundizó sus problemas estructurales en lugar de resolverlos. Lo que se vendió como una liberación comercial se tradujo en inflación más alta, menor inversión extranjera y una pérdida de competitividad que hoy es difícil de disimular.
Según datos del Office for Budget Responsibility (OBR), el Brexit redujo el PIB británico entre un 3,5% y un 4% de forma permanente. Eso equivale a unos 100 mil millones de libras menos por año. No es un golpe transitorio: es un cambio estructural que se siente en la productividad, en el comercio y en la capacidad del país para atraer talento e inversión.
La inflación ha sido uno de los síntomas más visibles. Mientras la mayoría de economías europeas lograron bajar sus índices por debajo del 3% en 2024, el Reino Unido luchó durante meses con cifras que superaron el 10%. Parte de esa diferencia se explica por el encarecimiento de las importaciones tras la salida del mercado único y la imposición de nuevos controles aduaneros, que aumentaron los costos para empresas y consumidores.
El sector financiero, que representa casi el 8% del PIB británico, fue uno de los más golpeados. La City de Londres perdió parte de su rol como puerta de entrada a Europa. Varias multinacionales trasladaron operaciones a Frankfurt, París o Dublín. Según un estudio de New Financial, se perdieron alrededor de 440 mil millones de dólares en activos financieros que se movieron fuera del Reino Unido desde 2016. No es el colapso que algunos pronosticaron, pero sí una erosión lenta y constante de ventaja competitiva.
El comercio también cuenta una historia complicada. Las exportaciones a la UE cayeron de forma significativa en los primeros años post-Brexit. Aunque hubo una recuperación parcial, el volumen de comercio total sigue por debajo de las proyecciones pre-referéndum. Las pequeñas y medianas empresas fueron las más afectadas: los trámites aduaneros y certificaciones aumentaron costos operativos en un promedio del 6-8% según la Cámara de Comercio Británica.
Uno de los datos más preocupantes es el de la productividad. El Reino Unido arrastra desde hace años un problema crónico de baja productividad comparado con pares europeos. El Brexit no solo no ayudó: empeoró la situación al dificultar el flujo de mano de obra calificada y al generar incertidumbre que desincentivó la inversión en capital y tecnología. El crecimiento promedio anual desde 2016 ha sido del 1,1%, claramente por debajo del 2,2% registrado en la década anterior.
Desde el punto de vista político, los gobiernos sucesivos (May, Johnson, Truss, Sunak y ahora Starmer) intentaron distintos enfoques. El “Global Britain” de Boris Johnson prometía nuevos acuerdos comerciales que nunca terminaron de materializarse con el impacto esperado. Los acuerdos con Australia y Nueva Zelanda son simbólicos pero marginales en volumen. El acuerdo con la India sigue trabado. Mientras tanto, la relación con la Unión Europea sigue siendo tensa y pragmática en el mejor de los casos.
La llegada de Keir Starmer al poder generó cierta expectativa de estabilización, pero las restricciones fiscales y la herencia económica son pesadas. El nuevo gobierno habla de “reset” con Europa, pero descartó volver al mercado único o a la unión aduanera. Por ahora, las mejoras se limitan a acuerdos sectoriales menores, como el de Windsor para Irlanda del Norte.
En criollo: el Brexit no fue el desastre apocalíptico que algunos vaticinaron, pero tampoco fue la panacea que prometían sus impulsores. Fue una decisión política con costos económicos reales y duraderos. Los problemas estructurales británicos —baja productividad, desigualdad regional, dependencia financiera— existían antes de 2016. Lo que hizo el Brexit fue agravarlos y quitarle al país algunas de las herramientas que tenía para resolverlos.
A diez años de distancia, la lección más clara es que separarse de un mercado integrado de 450 millones de personas no es gratis. Y que los discursos sobre soberanía y control de fronteras chocan de frente con la realidad de las cadenas de suministro, la movilidad laboral y los flujos de capital en un mundo globalizado.
La economía británica no se derrumbó, pero tampoco despega. Y cada vez son más los analistas que sostienen que volver a crecer de forma sostenida requerirá, de una u otra manera, reconstruir puentes con Europa. La pregunta que queda abierta es cuánto tiempo y cuánto crecimiento perdido llevará hacerlo.