Radiografía del empleo: el 90% de los nuevos ocupados necesita más horas para ganar lo mismo
Un informe revela que el 90% de quienes entraron al mercado laboral en los últimos meses lo hizo en empleos precarios o informales. La mayor cantidad de gente trabajando disimula el desempleo, pero no logra recomponer los ingresos de los hogares.
El dato es elocuente y preocupa: el 90% de los nuevos ocupados en la Argentina necesita trabajar más horas para poder aumentar sus ingresos. Así lo muestra un reciente informe que radiografía el mercado de trabajo local, donde la aparente “recuperación” del empleo esconde una realidad mucho más frágil.
Según el análisis, la mayor participación laboral —es decir, más gente buscando y consiguiendo algún tipo de trabajo— evitó que el desempleo pegara un salto mayor en los últimos meses. Sin embargo, esa mayor cantidad de ocupados no se traduce en mejores ingresos para los hogares. Muy por el contrario: la calidad de los empleos se deterioró de manera visible.
La pérdida de empleo formal es uno de los ejes centrales del informe. Sectores tradicionales como la industria, la construcción y parte del comercio vienen perdiendo puestos registrados, mientras crecen las ocupaciones informales, los monotributistas de baja categoría, los changarines y los empleos por cuenta propia sin protección social.
“La gente está trabajando más para ganar lo mismo o menos”, sintetiza uno de los autores del estudio. Esta dinámica explica por qué, a pesar de que la tasa de empleo sube, el poder adquisitivo de los salarios sigue bajo presión y los hogares tienen que recurrir a más horas de trabajo, endeudamiento o ayuda de familiares para llegar a fin de mes.
El fenómeno no es nuevo, pero se aceleró en los últimos dos años. La pandemia dejó una huella profunda en el tejido productivo y la inflación crónica terminó de desincentivar la contratación formal por parte de las empresas. Ante la incertidumbre, muchos empleadores optan por relaciones laborales más flexibles (y más baratas), mientras los trabajadores aceptan lo que hay porque no queda otra.
Desde los márgenes, esta transformación del mercado laboral muestra algo que los números agregados muchas veces ocultan: la gente común está haciendo malabares. Un delivery que antes hacía 4 horas por día ahora hace 8. Una mujer que limpia casas 3 días a la semana sumó dos clientes más. Un jubilado que volvió a manejar un remís. Historias que se repiten en los barrios y que no aparecen en los comunicados oficiales.
El informe también advierte sobre el impacto en el mediano plazo. Si la mayor parte de los nuevos empleos son de baja calidad y requieren más horas para compensar ingresos, el cansancio, el burnout y la dificultad para formarse o buscar mejores oportunidades se vuelven estructurales. Es una trampa de la que resulta difícil salir.
En un contexto donde la palabra “crecimiento” se usa con frecuencia para hablar de la economía, este tipo de radiografías recuerdan que no todos los empleos son iguales. Tener un puesto no es lo mismo que tener un trabajo digno que permita proyectar un futuro. Y hoy, para la inmensa mayoría de los que recién se incorporan al mercado, ese futuro parece cada vez más lejano.
Lo que nadie cuenta en las conferencias de prensa es que detrás del “90%” hay miles de personas que están pagando con su tiempo y su salud la cuenta de una economía que no termina de arrancar. Mientras tanto, siguen trabajando más horas, durmiendo menos y postergando todo lo que no sea llegar a fin de mes.