Mujeres al frente de los campos: el 20% que transforma la ruralidad argentina
Aunque gestionan solo el 20% de los campos, las mujeres rurales concentran las tasas más altas en NOA, NEA y Patagonia. Una mirada a las historias, los desafíos y el potencial que traen a la producción agropecuaria.
Según datos recientes del sector agropecuario, las mujeres gestionan aproximadamente el 20% de los campos en Argentina. Una cifra que, aunque parece baja, revela un cambio silencioso en un mundo tradicionalmente masculino. Lo más interesante es dónde ocurre: las tasas de participación femenina más altas se concentran en las regiones del Noroeste (NOA), Noreste (NEA) y Patagonia.
En el NOA y NEA, donde predomina la agricultura familiar y la producción a menor escala, las mujeres no solo administran lotes sino que muchas veces lideran cooperativas o emprendimientos de valor agregado. En la Patagonia, el rol femenino se asocia más a la ganadería extensiva y al manejo de campos de lana y carne ovina. Allí, la distancia y la necesidad de diversificar ingresos empujaron a muchas a tomar las riendas.
El dato del 20% no surge de un relevamiento aislado. Viene de cruces entre el Censo Nacional Agropecuario, informes del INTA y relevamientos de organizaciones como la Red de Mujeres Rurales. Lo que muestran estas fuentes es que, detrás de la estadística, hay un proceso de formalización: cada vez más mujeres aparecen como titulares de explotaciones agropecuarias, no solo como “esposas de” o “colaboradoras”.
¿Por qué en ciertas regiones más que en otras?
En el centro del país, donde se concentra la mayor parte de la producción de soja, maíz y trigo, la estructura de propiedad y el tamaño de las empresas favorecen menos la participación femenina visible. En cambio, en el NOA y NEA la agricultura familiar deja menos margen para invisibilizar el trabajo de las mujeres. En Patagonia, la masculinización de la mano de obra por migración a las ciudades dejó huecos que ellas ocuparon.
Una productora de Salta que gestiona 180 hectáreas de quinoa y hortalizas cuenta que al principio nadie la tomaba en serio en las reuniones de la sociedad rural. “Me decían ‘decile a tu marido que venga’”, recuerda. Hoy es ella la que negocia con exportadores y maneja la trazabilidad de su producción orgánica.
El acceso al crédito, la titularidad de la tierra y la brecha tecnológica siguen siendo los grandes obstáculos. Según datos del Banco Mundial adaptados a la realidad local, solo el 12% de las productoras accede a financiamiento formal, contra el 28% de los varones. En regiones como el NEA, donde el cambio climático afecta cada vez más las cosechas, las mujeres están liderando proyectos de adaptación y diversificación que muchos técnicos del INTA ya reconocen como más resilientes.
El rol invisible que se vuelve visible
Durante décadas, el trabajo de las mujeres en el campo fue categorizado como “ayuda familiar”. Eso cambió con la Ley de Emergencia Agropecuaria y, sobre todo, con la mayor presencia de ellas en las organizaciones rurales. Hoy existen redes específicas, como la Unión de Mujeres de la Rural, que capacitan en manejo de drones, comercialización digital y gestión financiera.
En la Patagonia, un relevamiento reciente mostró que el 35% de las explotaciones ovinas están a cargo de mujeres o son conducidas conjuntamente. Muchas de ellas combinan la producción con turismo rural o venta online de productos diferenciados: lana merina, cosméticos a base de lanolina, carne con certificación de pastoreo natural.
El 20% nacional es, entonces, un promedio engañoso. Esconde realidades muy distintas según la región, el tamaño de la explotación y el tipo de producción. Pero también señala un camino: cuando las mujeres acceden a la titularidad y a la toma de decisiones, los indicadores de sostenibilidad y diversificación suelen mejorar.
Queda mucho por hacer. La brecha en el acceso a la tierra persiste: según el Registro Nacional de Tierras Rurales, solo el 19% de los títulos están a nombre de mujeres. Sin embargo, el impulso de las nuevas generaciones —muchas de ellas con formación universitaria en agronomía, ingeniería o administración— está cambiando la ecuación más rápido de lo que muchos imaginan.
La próxima vez que veas un tractor cruzando un campo en el norte o en la Patagonia, vale la pena preguntarse quién está realmente al volante. Cada vez más, la respuesta es una mujer.