Economía

Milei y el estímulo: ¿se volvió keynesiano o es pragmatismo?

El gobierno más liberal de la historia argentina implementa crédito hipotecario con fondos públicos, préstamos en dólares y piso salarial. Analizamos si esto marca un giro keynesiano o una respuesta pragmática para reactivar la economía sin romper el equilibrio fiscal.

Publicado el

Factura de servicios genérica con sus partes destacadas

El 31 de agosto de 2026, el gobierno de Javier Milei anunció una serie de medidas que, a primera vista, parecen contradecir el manual liberal más puro: un programa de crédito hipotecario con fondos públicos, facilidades para préstamos bancarios en dólares y la fijación de un piso para los salarios registrados. La pregunta que circula en los círculos económicos es inevitable: ¿Milei se volvió keynesiano?

En criollo, keynesianismo implica que el Estado intervenga activamente para estimular la demanda agregada, incluso incurriendo en déficit, cuando la economía está en recesión. La idea central es que el multiplicador del gasto público puede sacar al país de la trampa de la baja actividad. Pero el gobierno insiste en que no está abandonando el superávit fiscal primario, que considera su principal ancla.

¿De qué se tratan las medidas?

El crédito hipotecario con fondos públicos busca destrabar el mercado inmobiliario, uno de los sectores más golpeados por la recesión. Se trata de líneas que, aunque financiadas con recursos del Estado, se presentan como “retornos” y no como subsidios directos. Por su parte, los préstamos en dólares apuntan a que las empresas puedan importar insumos sin depender exclusivamente de las reservas del Banco Central. Y el piso salarial para trabajadores registrados intenta evitar una caída mayor del consumo interno.

Estas herramientas responden a una economía que, si bien logró estabilizar los precios y acumular reservas, muestra claros signos de agotamiento en la actividad. La industria y la construcción siguen contraídas, el consumo cayó fuerte en los primeros meses del año y la desocupación comienza a preocupar en algunos distritos.

El equilibrio fiscal como dogma

Milei y su equipo repiten que no se tocará el superávit. En ese sentido, las medidas se financian con reasignaciones presupuestarias y no con emisión monetaria. Es un intento de activar la economía por el lado de la oferta y de ciertos incentivos a la demanda, pero sin volver a los viejos vicios de déficit financiado con inflación.

La realidad es más aburrida: no se trata de un giro ideológico completo hacia el keynesianismo. Es más bien un pragmatismo forzado por la necesidad de mostrar resultados concretos antes de las elecciones de medio término de 2027. Sin reactivación, el ajuste puro genera costos políticos que hasta el gobierno más convencido de sus ideas debe atenuar.

¿Podrá funcionar sin romper las cuentas?

Acá es donde se complica. Históricamente, los estímulos selectivos en Argentina terminaron desbordando el gasto. El desafío del equipo económico es que estas intervenciones sean temporales, focalizadas y que generen un retorno medible. Si el crédito hipotecario logra mover el mercado inmobiliario y eso activa la construcción privada, podría justificarse. Si solo termina siendo otro gasto sin multiplicador real, el superávit se pondrá en jaque.

Desde el lado liberal más ortodoxo ya llueven las críticas. Economistas que apoyaron el programa inicial advierten que cualquier intervención estatal genera distorsiones y que el verdadero estímulo debería venir de la liberación total de la economía, la baja de impuestos y la dolarización. Para ellos, estas medidas son un peligroso paso atrás.

Del otro lado, los keynesianos tradicionales celebran lo que ven como una “rectificación” pero cuestionan que sea demasiado tímida y que no venga acompañada de un plan integral de reactivación con mayor gasto en infraestructura.

El contexto argentino de siempre

En un país donde la memoria de los desequilibrios fiscales es reciente, la sociedad parece dispuesta a tolerar cierto pragmatismo si se mantiene el control de la inflación. La pregunta que queda abierta es si estas herramientas serán suficientes para sacar a la economía del piso sin comprometer el único activo que tiene este gobierno: la credibilidad fiscal.

La realidad es que Milei no se volvió keynesiano. Está usando algunas herramientas que el keynesianismo popularizó, pero dentro de un marco que sigue priorizando el equilibrio de las cuentas públicas. Si eso alcanza para reactivar sin volver al pasado, lo dirá el tiempo. Por ahora, es un experimento pragmático en un gobierno que prometió revolución liberal pero que, ante la primera recesión profunda, tuvo que ensuciarse las manos con políticas de estímulo.

← Volver al blog