Economía

Los daños colaterales del modelo económico de Milei

Empresarios y funcionarios reconocen el impacto negativo en producción y consumo, pero lo presentan como un costo necesario. ¿Solidaridad con los afectados o solo errores de implementación?

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El presidente Javier Milei participó el jueves pasado en la Conferencia del Consejo de las Américas y dejó una frase que ya se volvió clásica en su repertorio: “la foto sigue siendo horrible, pero la película sigue siendo la mejor de la historia argentina”. Es una actualización del viejo relato de “la luz al final del túnel”, esa idea de que el sacrificio presente se justificará con un futuro de prosperidad.

En el mismo foro, varios representantes de sectores económicos elogiaron el rumbo general del gobierno pero no pudieron ocultar los efectos negativos que ya se perciben en la actividad productiva y en el consumo. Caída de la demanda, problemas en las cadenas de pagos, suspensiones y una recesión que ya lleva varios meses son algunos de los datos que se repiten en los diagnósticos.

Lo llamativo es que estas críticas rara vez vienen acompañadas de una verdadera empatía o solidaridad con los sectores más golpeados: trabajadores informales, jubilados, pymes que cierran y familias que no llegan a fin de mes. Pareciera que los “daños colaterales” son aceptados como un mal necesario, casi como si fueran fallas de ejecución y no el resultado previsible de un esquema neoliberal aplicado con una velocidad y profundidad inéditas en la historia reciente del país.

La evidencia histórica es clara: las políticas de ajuste fiscal drástico, liberalización de precios, devaluación y reducción del rol del Estado en la economía han generado, en diferentes contextos latinoamericanos, resultados similares. Aumento de la desigualdad, contracción del mercado interno y transferencia de ingresos desde los sectores populares hacia los más concentrados no son efectos inesperados. Son parte del diseño.

En Argentina, la velocidad con la que se implementaron estas medidas amplificó el impacto. En pocos meses se pasó de una inflación que rozaba el 300% anual a una fuerte desaceleración, pero a costa de una recesión que ya acumula caídas trimestrales consecutivas en el PBI. El consumo masivo se derrumbó, las ventas en supermercados y shoppings muestran números rojos y la industria manufacturera opera muy por debajo de su capacidad instalada.

Los empresarios que hoy hablan de “daños colaterales” son los mismos que, en gran medida, apoyaron el programa de estabilización. Celebran la eliminación del déficit fiscal y la acumulación de reservas, pero piden con urgencia medidas que reactiven la demanda. Es un discurso contradictorio: se defiende el modelo en abstracto pero se reconoce que, en la práctica, está destruyendo el tejido productivo que supuestamente debería sostener el crecimiento futuro.

Desde una perspectiva más estructural, resulta difícil creer que estos resultados sean meros errores de implementación. Las políticas neoliberales aplicadas en la región durante las décadas de 1970, 1990 y en varios países durante los 2010s mostraron patrones repetidos: concentración económica, precarización laboral y debilitamiento del mercado interno. Lo que cambia en esta experiencia es la escala y la velocidad.

Mientras tanto, los afectados directos —trabajadores que pierden el empleo, monotributistas que no facturan, jubilados cuya compra de medicamentos se vuelve un lujo— quedan fuera del relato oficial. No aparecen en la “película” que supuestamente es la mejor de la historia. Son solo datos en una planilla de ajuste.

La pregunta que queda flotando es si existe alguna solidaridad real con estos sectores o si el “daño colateral” es simplemente el precio que otros están dispuestos a pagar para validar el experimento. Porque, como ya se vio en otras oportunidades, cuando la “luz al final del túnel” tarda demasiado en aparecer, la paciencia social se agota y los costos políticos terminan siendo tan altos como los económicos.

La historia argentina está llena de estos ciclos. El desafío actual es si esta vez el relato de la película extraordinaria logrará ocultar por más tiempo la crudeza de la foto que, según admiten hasta sus defensores, sigue siendo horrible.

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