La reforma tributaria de Milei: los que menos tienen son los que más pagan
En el último año el Gobierno resignó $4 billones en Bienes Personales e Impuestos Internos, mientras el 54,9% de lo recaudado grava bienes y servicios de mayor consumo popular. Un sistema que, según los datos, termina siendo regresivo.
El Gobierno de Javier Milei resignó en el último año más de 4 billones de pesos en la recaudación de Bienes Personales e Impuestos Internos. Al mismo tiempo, más de la mitad de lo que se recauda en el país proviene de impuestos que recaen sobre el consumo de bienes y servicios, un esquema que termina afectando de manera desproporcionada a las familias de menores ingresos.
Según un informe reciente, el 54,9% de la recaudación tributaria grava precisamente aquellos productos y servicios que más consumen las clases bajas. Se trata de un dato que pone en evidencia el carácter regresivo del sistema impositivo argentino, donde quienes menos recursos tienen terminan aportando una porción mayor de sus ingresos al fisco.
La reforma tributaria impulsada durante esta gestión profundizó esta tendencia. La decisión de eliminar o reducir gravámenes progresivos como Bienes Personales —que alcanza a patrimonios más elevados— implicó una renuncia fiscal millonaria. Ese hueco se cubre, en gran medida, con impuestos indirectos como el IVA, que incide por igual en el precio de la leche, el pan o el combustible, independientemente del nivel de ingresos de quien compra.
En criollo: un jubilado que cobra la mínima y una familia que vive del salario mínimo pagan la misma alícuota de IVA cuando llenan el changuito. En cambio, los sectores de mayores ingresos vieron aliviada su carga en impuestos directos y patrimoniales. El resultado es un sistema donde la progresividad brilla por su ausencia.
El informe al que se accede desde Tiempo Argentino detalla que esta dinámica no es nueva, pero se agravó en el último año. La eliminación de algunos Impuestos Internos y la baja en la presión sobre los patrimonios más altos generaron un agujero fiscal que, de una u otra forma, termina siendo cubierto por el consumo masivo.
Esto contradice el discurso de “achicar el Estado para que te sobre en el bolsillo”, porque el bolsillo que más sufre el ajuste es el de abajo. Cuando se reduce la recaudación de impuestos progresivos y se mantiene o se aumenta la dependencia de los indirectos, el esfuerzo fiscal se distribuye de manera inversamente proporcional a la capacidad contributiva.
Desde el punto de vista económico, los impuestos al consumo desalientan menos la inversión que los directos, pero su efecto distributivo es claramente negativo. En un país con altos niveles de pobreza e informalidad como Argentina, cargar la mayor parte de la recaudación sobre el consumo equivale a castigar más a quienes menos pueden ahorrar o invertir.
El debate sobre la reforma tributaria sigue abierto. Mientras el oficialismo defiende la simplificación y la baja de presión sobre el sector formal, los datos muestran que el costo de esa estrategia lo terminan pagando, una vez más, los sectores populares. Sin una corrección que aumente la progresividad del sistema, es difícil imaginar una distribución más equitativa de la carga impositiva.