Nêgo Bispo y su crítica a la “humanidad”: la cosmofobia como virus moderno
El líder quilombola brasileño, fallecido en 2023, dejó un legado de conceptos que cuestionan la colonización, el extractivismo y el miedo al cosmos. Su hija Joana y la investigadora Renata Marquez presentaron en Buenos Aires “La tierra da, la tierra quiere”.
Cuando Nêgo Bispo cumplió diez años empezó a adiestrar bueyes. Ahí entendió que adiestrar y colonizar son lo mismo: desterritorializar, quebrar identidades, imponer nuevos nombres y borrar memorias para crear otras. Esa intuición temprana marcó toda su trayectoria como pensador, líder quilombola y traductor de mundos.
Antônio Bispo dos Santos, conocido como Nêgo Bispo, fue el primero de su familia en salir del quilombo Saco Curtume, en el sertón de Piauí, para aprender a leer y escribir. Su comunidad le encomendó la misión de regularizar legalmente sus tierras. Lo que empezó como una herramienta de supervivencia se convirtió en un arma de contracolonización: usó la escritura del colonizador para contradecirla desde adentro.
Se definía como traductor entre el mundo oral, de matrices cosmológicas africanas milenarias, y el mundo escrito. El libro “La tierra da, la tierra quiere”, editado en español por Tinta Limón, fue escrito a dos voces con la investigadora mineira Renata Marquez. Bispo “ancestralizó” en 2023; su hija Joana Maria continúa llevando su voz. Ambas estuvieron en Buenos Aires a principios de agosto para presentar la obra.
Para los quilombolas, el quilombo no es solo un territorio recuperado: es la reedición de África en Brasil. Nacieron dentro de los navíos negreros, donde personas que hablaban lenguas distintas lograron organizarse gracias a una cosmología compartida. Se aliaron con pueblos originarios para mantener modos de vida basados en el respeto a la tierra, las aguas y el monte.
“Los quilombos son un espacio de lucha, de resistencia y de buen vivir donde nosotros mantenemos nuestros modos de vida y nos organizamos en libertad”, explica Joana. Hoy existen miles en Brasil. Según el IBGE, más de 1,3 millones de personas se autodeclaran quilombolas, la mayoría en el Nordeste. Desde la Constitución de 1988 tienen reconocimiento y un proceso —lento y conflictivo— de titulación de tierras.
Uno de los conceptos más potentes que dejó Bispo es la cosmofobia: el miedo profundo al cosmos, a todo lo que no es humano. Según Renata Marquez, Bispo la describía como la enfermedad de nuestro tiempo, la que justifica el extractivismo, la propiedad privada, el monocultivo y la destrucción sistemática de otras formas de vida. “Todas las vidas son necesarias, no sólo la humana”, repetía.
No lo llamaba “concepto” sino “palabra germinante”. Las palabras, para él, tienen vida; los conceptos, no. Esa distinción es clave en su forma de pensar y de actuar. Parte de la lucha contracolonial que proponía era una guerra de denominaciones: tomar las palabras del enemigo, debilitarlas y potenciar las propias. En vez de “desarrollo” (desenvolvimento), prefería hablar de “envolvimiento”. En vez de progreso lineal, hablaba de saberes circulares, orgánicos, biointeracciones y confluencias.
Bispo comparaba el colonialismo con el adiestramiento de animales. Hay adiestradores que pegan y otros que dan cariño, decía, pero el propósito es el mismo: hacer producir. Algunos animales terminan atrofiados física o mentalmente. Los humanos no somos excepción: la cosmofobia nos ha atrofiado la capacidad de vivir junto al cosmos.
El libro no pretende ser “importante” en el sentido académico. Es necesario, dice Renata, porque nos muestra todo lo que no cabe en nuestro repertorio moderno, científico y político. No hay novedad: hay cosas que siempre existieron pero que mantuvimos fuera de nuestra vida. En un momento en que parecemos estar llegando al límite de las condiciones de habitabilidad del planeta, esas palabras germinantes cobran una urgencia especial.
La visita de Joana y Renata a Buenos Aires dejó claro que los quilombos no son solo un fenómeno brasileño del pasado. Son laboratorios vivos de autonomía, pluriversidad y formas de organización que incluyen a humanos y no humanos. En un país como la Argentina, donde también persisten disputas por tierras, modelos extractivos y debates sobre cómo relacionarnos con la naturaleza, las ideas de Nêgo Bispo ofrecen un lente incómodo pero fértil.