Cultura

Oí a la noche llorar: el arte como refugio y trinchera contra la desmemoria

Milagro Torreblanca presenta en el Centro Cultural de la Cooperación una muestra multidisciplinaria que recorre desde la fotografía hasta la cerámica para indagar en las huellas del terrorismo de Estado en Argentina y Chile.

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Frente del centro
(CC BY-SA 4.0)

Milagro Torreblanca abre las puertas de una nueva muestra en el Centro Cultural de la Cooperación. Se llama Oí a la noche llorar y es, por sobre todo, un ejercicio de resistencia. La artista argentina reúne fotografía, cerámica, instalación y dibujo para trazar las huellas que dejó el terrorismo de Estado tanto en nuestro país como en Chile.

La exposición no busca solo recordar. Va más allá: indaga en cómo el arte se transforma en refugio y en trinchera al mismo tiempo. Refugio para quienes cargan con la memoria familiar y trinchera contra el olvido que, a veces, parece avanzar de manera silenciosa. En un contexto donde los discursos negacionistas ganan espacio, Torreblanca elige el lenguaje de lo sensible para plantar bandera.

Las piezas dialogan entre sí. Hay fotografías que capturan lugares donde ocurrieron hechos de violencia, intervenidas con elementos cerámicos que remiten a los fragmentos de huesos o a los rastros que el tiempo no logra borrar. Las cerámicas, frágiles y a la vez resistentes, funcionan como metáfora perfecta de la memoria: algo que puede quebrarse pero que, una vez reconstruido, cuenta una historia distinta.

Torreblanca trabaja con archivos, con testimonios y con su propia historia familiar. El título de la muestra proviene de un verso que resuena como un lamento colectivo, como si la noche misma hubiera sido testigo de lo que no se puede nombrar fácilmente. Esa escucha atenta del silencio es lo que atraviesa toda la obra.

La muestra llega en un momento particular. Este 2026 se cumplen 50 años del golpe cívico-militar en Argentina y la necesidad de seguir hablando de lo ocurrido no parece perder vigencia. Al contrario: cada vez que se intenta cerrar la herida sin haberla curado del todo, el arte vuelve a abrirla con preguntas incómodas.

Lo interesante de Oí a la noche llorar es que no se queda en el puro registro histórico. Torreblanca cruza la experiencia argentina con la chilena, poniendo en evidencia cómo las dictaduras del Cono Sur compartieron métodos, miedos y, también, formas de resistencia cultural. Hay un hilo que une las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo con las arpilleras chilenas, y ese hilo pasa por la muestra.

La cerámica aparece como un material casi político. En un país donde los hornos de la ESMA escondieron evidencia, volver a moldear el barro y cocerlo adquiere un significado profundo. Cada pieza rota y recompuesta habla de cuerpos desaparecidos y de familias que reconstruyen sus historias.

La exposición invita a tomarse el tiempo. No es para mirar de pasada. Hay que detenerse frente a cada imagen, leer los textos que acompañan las obras y permitir que la emoción haga su trabajo. Porque, como bien sabe Torreblanca, la memoria no es solo un dato: es un sentimiento que se transmite de generación en generación.

Oí a la noche llorar se presenta como una invitación a no bajar los brazos. En tiempos donde algunos pretenden que miremos para otro lado, el arte sigue siendo uno de los pocos espacios donde la verdad puede expresarse sin filtros. Y Milagro Torreblanca lo hace con maestría, con dolor y, sobre todo, con una ternura feroz.

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