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El joven que robó un colectivo para cumplir su sueño de ser colectivero

Un chico del Conurbano tomó un colectivo para cumplir su anhelo de manejar uno. La anécdota genera sonrisas, pero también obliga a preguntarse por qué en la Argentina de 2026 hasta los sueños más simples parecen inalcanzables.

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El joven que robó un colectivo para cumplir su sueño de ser colectivero
Canal Abierto (cooperativa)

Un joven del Conurbano bonaerense decidió, la semana pasada, robar un colectivo de la línea 88 para cumplir lo que describió como su mayor sueño: ser colectivero. La insólita historia, que terminó con la detención del muchacho sin heridos ni daños mayores, tiene un costado casi tierno que invita a la sonrisa. Pero también deja flotando una pregunta mucho más incómoda: ¿qué tipo de sociedad es esta en la que hasta los deseos más modestos se vuelven imposibles de alcanzar por la vía legal?

Según el relato de testigos y la posterior declaración del joven ante la policía, el chico -cuya identidad se mantiene en reserva por ser menor de edad- venía observando durante meses los recorridos y las rutinas de los choferes. No tenía carnet profesional, ni contactos en las empresas de transporte, ni forma de pagar un curso. Lo que sí tenía era una determinación casi infantil: quería manejar un colectivo, sentir el volante, anunciar las paradas, formar parte de esa rutina tan porteña y tan conurbana.

El episodio ocurrió en las primeras horas de la madrugada del domingo en la zona de La Matanza. El joven aprovechó un momento en que el vehículo estaba estacionado y el chofer había bajado unos minutos. Subió, logró ponerlo en marcha y arrancó. Circuló varias cuadras hasta que fue interceptado por la policía. No intentó huir de manera violenta ni puso en riesgo a nadie; simplemente manejó como si estuviera cumpliendo un turno.

"Quería ser colectivero desde chico", dijo en su declaración, según s cercanas al caso. Esa frase, repetida en los grupos de WhatsApp de vecinos y en los portales de noticias locales, generó una ola de comentarios que oscilan entre la empatía y el asombro. Algunos lo compararon con aquellas películas de los años 70 donde el antihéroe hacía algo descabellado por amor o por un ideal. Otros, más duros, recordaron que robar es robar, sin importar cuán romántico sea el móvil.

Pero detrás de la anécdota hay un dato que duele más que la sonrisa: en la Argentina de 2026, el acceso a un empleo formal como chofer de colectivo requiere trámites, cursos pagos, certificados y una serie de barreras que para muchos jóvenes del Conurbano resultan prohibitivas. El salario de un colectivero, que alguna vez fue sinónimo de estabilidad, hoy alcanza cada vez menos frente a la inflación y los costos de vida. Y sin embargo, sigue siendo uno de los trabajos más codiciados en los barrios porque ofrece algo cada vez más raro: un sueldo en blanco, obra social y un horario.

La historia recuerda, de algún modo, a aquellos relatos de la literatura argentina donde los personajes persiguen sueños pequeños pero imposibles. Hay algo de Roberto Arlt en ese chico que, en lugar de resignarse, decide tomar el colectivo por asalto. No como delincuente profesional, sino como alguien que ya no encuentra otra forma de acceder a lo que para generaciones anteriores era un camino relativamente directo: estudiar, formarse, entrar.

Desde las empresas de transporte consultadas por Canal Abierto, explican que la falta de personal es un problema real, pero que los requisitos de seguridad y los controles regulatorios impiden bajar las barreras de ingreso. El Ministerio de Transporte de la Nación, por su parte, viene impulsando programas de formación gratuita, aunque su alcance sigue siendo limitado frente a la magnitud de la demanda juvenil en el Conurbano.

Lo que nadie termina de responder es por qué un sueño tan concreto y tan útil -manejar un colectivo, prestar un servicio público, ganarse la vida honestamente- termina concretándose de esta manera torcida. La sonrisa inicial ante la noticia deja paso, inevitablemente, a una reflexión más amarga sobre el estado de las oportunidades en la Argentina actual.

Quizás el verdadero robo no sea el del colectivo, sino el de las expectativas. Ese que ocurre todos los días cuando un pibe del Conurbano entiende que ni siquiera el sueño más básico está al alcance de su mano sin tener que saltarse la ley.

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