Economía

La inflación golpea más fuerte a los vulnerables y acelera pobreza e indigencia

En agosto, las canastas básicas subieron por encima de la inflación general. Una familia tipo necesitó $1.605.497 para no caer bajo la línea de pobreza, según los últimos datos oficiales.

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Alimentos en barrios populares subieron más que la inflación en julio
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La inflación sigue siendo uno de los principales factores que erosionan los ingresos de los sectores más vulnerables de la Argentina. Según los datos difundidos por el INDEC correspondientes a agosto de 2026, las canastas básicas registraron un aumento de un punto porcentual por encima de la inflación general del mes, lo que acelera tanto la pobreza como la indigencia.

Una familia de cuatro miembros necesitó $1.605.497 para no ser considerada pobre, mientras que la canasta básica alimentaria —que marca el umbral de indigencia— también mostró un incremento superior al promedio. Esta diferencia se explica principalmente por el peso que tienen los alimentos y los servicios básicos en el presupuesto de los hogares de menores ingresos.

El encarecimiento de la canasta alimentaria impacta de lleno en quienes destinan más del 50% de sus recursos a la comida. Productos como el pan, la carne, los lácteos y las verduras registraron subas que, aunque moderadas en algunos casos, se acumulan mes a mes y terminan siendo insostenibles para familias que viven al día.

Este fenómeno no es nuevo, pero se profundiza en un contexto donde los ajustes salariales y las prestaciones sociales no logran empatar la velocidad de los precios. Las familias más pobres no tienen margen para recortar otros gastos: ya viven sin margen. Cuando sube el precio del arroz o del aceite, directamente comen menos.

Los especialistas coinciden en que la inflación actúa como un impuesto regresivo: afecta más a quienes menos tienen. Mientras un sector de la población puede ajustar sus consumos o recurrir a ahorros, los hogares vulnerables quedan expuestos sin red de contención efectiva. Las políticas de contención social mitigan parte del daño, pero no alcanzan a compensar la pérdida de poder adquisitivo.

En los últimos meses, el porcentaje de hogares por debajo de la línea de pobreza volvió a mostrar una tendencia alcista después de un leve alivio a principios de año. La indigencia, que mide a quienes no pueden cubrir siquiera la canasta alimentaria, crece con mayor velocidad en los grandes centros urbanos, donde el costo de vida es más alto.

Desde una perspectiva porteña, el problema se replica en los barrios populares del conurbano bonaerense y en las villas de la Ciudad de Buenos Aires. Muchas familias dependen de comedores comunitarios, de las tarjetas de alimentación o de changas informales que ya no alcanzan para cubrir los aumentos. El dato de que una familia tipo necesita más de un millón y medio de pesos para no ser pobre habla por sí solo de la distancia que separa los ingresos reales de la mayor parte de la población de lo que se requiere para vivir con dignidad.

El desafío para los próximos meses es claro: si la inflación no baja de manera sostenida y si los ingresos no recuperan terreno, la curva de pobreza seguirá inclinándose hacia arriba. Mientras tanto, miles de argentinos ajustan sus comidas, postergan gastos de salud y educación, y viven con la constante sensación de que cada mes es más difícil llegar a fin de mes.

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